Por: Equipo de Carúpano Histórico.
Por: Equipo de Carúpano Histórico.
La franja costera que bordea a Carúpano es mucho más que un paseo. Es el lugar donde la ciudad respira, donde los pescadores regresan al amanecer, donde los enamorados ven caer el sol sobre el Caribe.
Hay ciudades que dan la espalda al mar. Carúpano lo abraza. Desde el malecón que bordea la costa norte de la ciudad, el Caribe no es un telón de fondo: es un protagonista activo en la vida cotidiana. Las olas que rompen contra los muros del malecón mantienen una conversación perpetua con la ciudad que los caruganeros aprenden a leer desde niños.
La intensidad del mar habla. Cuando el oleaje es calmo, los pescadores salen con confianza. Cuando el viento del norte levanta espumas y la marejada golpea con fuerza, todos saben que hay que esperar. El mar de Carúpano no es decorativo: es funcional, es peligroso, es generoso, es el sustento de miles de familias.
Llegar al malecón antes del alba es acceder a un ritual que la ciudad no exhibe para los turistas. A las cuatro y media de la madrugada, cuando la oscuridad todavía es total excepto por las luces de navegación en el horizonte, los pescadores se preparan. Los motores de los peñeros —esas embarcaciones fibra de vidrio que han reemplazado a los cayucos de madera— comienzan a tronar.
Las mujeres que administran los puestos de pescado ya están instaladas. El hielo llegó a las tres de la mañana. Las tablas de madera están limpias y brillantes. Todo listo para recibir la captura.
El primero en llegar con su pargo trae el precio del día. Los demás lo miran negociar con las vendedoras y en minutos toda la comunidad pesquera sabe a cuánto cotiza el kilo de carite, a cuánto el de mero, si abundó el lebranche o si la noche fue de pura lisa.
Desde el malecón se tiene la mejor perspectiva del casco histórico de Carúpano. Las fachadas coloniales que se asoman hacia el mar —algunas restauradas con orgullo, otras consumidas lentamente por la humedad salina— cuentan los estratos de la historia de la ciudad.
La Casa de la Aduana, el edificio del Cable Francés donde en el siglo XIX llegaron los primeros telegramas a Venezuela, las casas de techos de tejas rojas que los comerciantes corsos construyeron cuando llegaron a hacer fortuna en el siglo XIX: todo ese patrimonio se puede leer de pie en el malecón, con el viento del Caribe en la cara.
Si el amanecer pertenece a los pescadores, la tarde del malecón es democrática. A partir de las cuatro, cuando el sol pierde algo de su ferocidad, llegan todos. Los niños en bicicletas y patines. Las parejas que buscan un momento de brisa. Los viejos que ocupan los mismos bancos de siempre y hablan de lo que hablan los viejos en todos los malecones del mundo: de lo que fue y de lo que ya no es.
Los vendedores ambulantes son una institución. El de mangos verdes con sal y limón. El del raspado de guanábana. El de las empanadas fritas que huelen a gloria desde cuarenta metros. La señora de los besitos de coco, esas confecciones de papelón y coco rallado que cuestan centavos y saben a infancia.
Pero si hay un momento que justifica todos los demás, es cuando el sol comienza a descender sobre el horizonte marino. Carúpano está orientada hacia el norte, y los atardeceres sobre el mar son un espectáculo que nunca se vuelve rutinario para quien los ve.
El cielo pasa del azul al naranja al rojo al malva. El agua —que durante el día tiene ese color verde claro propio del Caribe venezolano— se vuelve dorada, luego plateada, luego negra. Las siluetas de las embarcaciones ancladas en la bahía se recortan contra el cielo encendido.
En esos minutos, el malecón de Carúpano es, sin exageración, uno de los lugares más hermosos de Venezuela.