Por: Aníbal Farías - Historiador de la Ciudad de Carúpano
Por: Aníbal Farías - Historiador de la Ciudad de Carúpano
Ríos de tinta han corrido sobre el Carúpano pujante y agroexportador; sobre un supuesto estado de bienestar que gozamos entre 1830 y 1930. Esta visión prioriza una historia estrictamente comercial y oligárquica, una narrativa repetida por generaciones.
Pero, ¿cuál era la realidad social del Carúpano de a pie, el de sus gentes, durante este siglo?
Al comienzo de este periplo, hacia la década de 1830, Carúpano era apenas un pueblo costero que oscilaba entre los 2.500 y 4.000 habitantes. De ese total, menos del 5% gozaba de servicios básicos como educación formal, acceso directo a agua potable o, en términos materiales elementales, calzado. El resto, más del 95% de la población, estaba compuesto por familias campesinas y peones extremadamente precarizados. Ellos fueron el combustible humano que alimentó un comercio internacional del que se beneficiaron poco o nada.
Existen pruebas físicas e historiográficas irrefutables de este despojo. La más clara es el uso de las fichas de hacienda, monedas de latón o madera utilizadas para cancelar el trabajo a falta de circulante o moneda nacional. Estas fichas solo tenían valor dentro de las tiendas de raya o comisariatos internos de las propias haciendas, un sistema de endeudamiento perpetuo que esclavizaba económicamente al productor.
De igual manera, poco se habla del verdadero propósito de la infraestructura de la época. Esta encaja perfectamente con los enlaces extractivistas periféricos teorizados por autores como Frantz Fanon: se construyó única y exclusivamente la infraestructura justa y necesaria, como el muelle de hierro, líneas de tranvía de carga y almacenes costeros, para succionar la materia prima hacia el puerto y de allí al mercado exterior, donde se convertía en producto final y se cobraba a valor real. La ganancia se quedaba en las metrópolis y en manos de unas pocas firmas comerciales extranjeras.
Los datos económicos de la época son desgarradores. Mientras que en el puerto de Carúpano una fanega de cacao de unos 50 kilos se le pagaba de manera paupérrima al productor local en pesos devaluados o fichas equivalentes a escasos 12 a 16 bolívares a finales del siglo XIX, esa misma fanega se cotizaba en el mercado del Caribe, específicamente en Trinidad o La Guaira, y en Nueva York por encima de los 30 o 40 bolívares, triplicando su valor a costa del sudor carupanero.
La historiografía local mitificó este pasado y suele hacer una burda e injusta comparación con el Carúpano actual. Con todas sus deficiencias del presente, el Carúpano de hoy cuenta con escuelas públicas, hospitales y vías pavimentadas. No hay nada que envidiarle al analfabetismo estructural, que superaba el 80% en el estado Sucre para la época, y al despojo del siglo XIX. Esa nostalgia colonial se debe a una historiografía eurocentrista que mira al norte, es decir, a Europa y América del Norte, donde importa más la estética bucólica de los grandes apellidos que comprender las brutales relaciones de producción que sostenían ese lujo.
Fue precisamente esa contradicción en las relaciones de producción la que dinamitó el modelo. La posterior decadencia y la violenta pérdida del control económico de las casas comerciales extranjeras, principalmente corsas y alemanas, no ocurrieron por un proceso natural, sino por una arriesgada y fallida apuesta política como clase social.
Al estallar la Revolución Libertadora de 1901 a 1903, una gigantesca insurrección armada financiada por corporaciones transnacionales y la banca privada para derrocar al presidente nacionalista Cipriano Castro, la élite comercial y los latifundistas de Carúpano decidieron sumarse en masa. A nivel nacional, el movimiento estaba liderado por el banquero Manuel Antonio Matos, pero en la región oriental la jefatura político-militar recayó en el general Nicolás Rolando, fuertemente respaldado por destacados miembros de la burguesía comercial carupanera, entre quienes destacaban los grandes apellidos de la epoca.
Para mayo de 1902, Carúpano se convirtió en el epicentro de la guerra en Oriente tras duros combates navales y terrestres. Confiados en su inmenso poder monetario y en el contrabando de armas desde Trinidad, los grandes cacaoteros y las firmas comerciales apostaron sus capitales a la caída de Castro para consolidar su control absoluto sobre la aduana local y los recursos de la península de Paria.
Sin embargo, tras la derrota definitiva de los rebeldes en la Batalla de La Victoria en octubre de 1902 y la posterior capitulación de las fuerzas de Oriente en 1903, Cipriano Castro ejecutó severas represalias institucionales. El gobierno central intervino de forma radical los monopolios comerciales de Oriente, centralizó los ingresos aduaneros, confiscó bienes y asfixió financieramente a las firmas internacionales aliadas a la insurrección. Al perder militar y políticamente la guerra, la élite local sentenció el quiebre irreversible del eje agroexportador tradicional, mostrando que su supuesta edad de oro pendía del hilo del vasallaje extranjero y el caudillismo entreguista.
El Carúpano del futuro debe cimentarse en estas lecciones. No podemos permitirnos volver a ser un enclave extractivista. La medida del éxito de nuestra tierra no puede seguir siendo cuántos apellidos ilustres podemos enumerar en un libro de crónicas, sino las condiciones laborales de nuestra gente, el acceso real a la salud, la educación técnica y universitaria, y la solidez de nuestros servicios públicos.
Carúpano tiene un pasado que debe ser entendido críticamente, pero sobre todo tiene un futuro. Ese futuro no está en la repetición de modelos que amasaron fortunas millonarias para luego abandonar la región cuando el negocio del cacao y el café colapsó. Al final, en esta tierra marchita por el despojo se quedaron tus abuelos, los míos y nos quedamos nosotros. Nos toca, entonces, construir un futuro propio.